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domingo, junio 16, 2024
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La alegría de la huerta sanchista

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Sánchez no ha acertado con sus ministros. Claro que, de tal señor, tal vasallo. Pero, donde sí le reconozco tino es en el cásting de las portavoces, todas a tono con su nulo sentido institucional y decoro político. Inauguró este quinquenio terrible Isabelita Celáa. No la había más sectaria y displicente. A ella le cayó una denuncia de la Junta Electoral Central, confirmada por el Supremo, por convertir su papel institucional en chatarra propagandística en la campaña de 2019. Cuando destrozó nuestra educación, partió a disfrutar de Bernini en la Embajada española en el Vaticano. Celáa fue la avanzadilla de la exitosa serie sanchista titulada Enchufados Políticos por el Mundo, coprotagonizada también por Héctor Gómez, Miquel Iceta y Ximo Puig, desechos de Sánchez que okupan vergonzosamente nuestras legaciones ante la ONU, la Unesco y la OCDE, respectivamente.

Después llegó a la portavocía Marisú Montero, que regañaba a los periodistas desde la rueda de prensa del Consejo de Ministros, al grito de «mira chiqui, yo te lo explico». Naturalmente era peor cuando lo explicaba: tenía serias dificultades para articular un discurso inteligible y lo emponzoñaba más. La sustituyó Raquel Sánchez, aquella ministra que encargó un tren más grande que el túnel por el que tenía que pasar. Ni un mal gesto, ni un buen acto. A ella la Junta Electoral también le mandó dos multas por dedicarse a vender ideología y a atizar a la oposición durante la campaña del 28-M, en lugar de referir los acuerdos del Gabinete. Simultáneamente, Sánchez colocó en Ferraz a Pilar Alegría, ella sí encargada de hacer proselitismo socialista desde el partido. Pero hubo un día en que Su Sanchidad pensó que no había necesidad de separar lo institucional de lo partidista, así que se trajo a la vocera del PSOE al Gobierno.

Y así llegó a nuestras vidas la Alegría de la huerta sanchista, a la que para completar el peso la designó también ministra de Educación. Con ella, fuera Filosofía de la secundaria y fuera el estudio de la historia de España: ni Edad Media, ni Siglo de Oro, ni Imperio español, ni conquista de América, ni Transición, ni terrorismo de ETA, solo historia con perspectiva de género y mucha II República española, el penoso paradigma democrático. Donde esté Largo Caballero que se quite Isabel de Castilla, o donde mande el desarrollo sostenible que se vaya a paseo la gesta de Magallanes, o donde triunfen los valores LGTBI que capitule la romanización de España.

En la campaña catalana ya fue expedientada por la autoridad electoral por insultar al líder de la oposición. Traspasada ya cualquier línea de decencia y respeto institucional, el martes Pilar cumplió con el papel que le han encomendado, que no es dar cuenta de las decisiones del Ejecutivo, sino convertirse en abogada defensora de la mujer de Sánchez, despachando su citación judicial por corrupción y tráfico de influencias como parte del fango prevaricador de los enemigos de su jefe. La retórica bananera la tuvo que leer como un papagayo, porque por muy gregario que se sea hay límites para improvisar tamaña desfachatez urdida desde el laboratorio de insultos a la inteligencia de Moncloa.

El PP ya la ha denunciado ante la Junta Electoral, pero se hará una peineta con la resolución como han hecho todas sus predecesoras. Qué tiempos en los que portavoces como Javier Solana, Josep Piqué o Mariano Rajoy, entre otros, eran leales y hacían alarde de dignidad personal y política. El deterioro de la democracia en España es esto: prostituir las instituciones en favor de un ambicioso patológico. O sea, volcar en la virtud sus necesidades.

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