Después de un tiempo en el que poco podía aportar a la polémica semanal en redes sociales (ese acuífero del que tantas ramificaciones parten y que alimenta insospechados vergeles), por fin ha aflorado un tema afín a mi sensibilidad, a mi sensibilidad y a mis afanes; porque ahora que la atención mediática se fija en que los adolescentes varones que replicaban conductas misóginas y narcisistas han alcanzado la edad de voto; ahora que puede que con esa españolísima tendencia a chafar oportunidades por echarse unas risas aforen a un desustanciado; ahora es cuando tenemos que acoger y arropar a esos muchachos antes de que vayan, y nos lleven, por derroteros irremediables.

Sí, hay quien se da cuenta ahora y pide que se haga algo ahora. Carraspean quienes llevan décadas con formación en igualdad en las aulas y los espacios juveniles, aclaramos la voz las escritoras que hemos hablado por activa y por pasiva en los institutos (y fuera) del tema, de que revisen, ellos y ellas, las actitudes machistas o los tics sexistas que detecten. Mientras tanto, mis colegas escritores acudían a las charlas a hablar de cuestiones realmente importantes: sus libros.

Nos dicen, sin duda con la mejor intención, que variemos el discurso, que nos dirijamos a los chicos, que los incluyamos. Es un avance respecto a cuando nos pedían que nos calláramos, que ya aburríamos, que forzábamos a los chicos a radicalizarse. Y sí, me parece el momento perfecto para que hablen ellos, que tan buenas ideas tienen, pero no con nosotras.

A nosotras ya nos han dicho durante años, y siguen diciéndonos, lo que tenemos que hacer. Que se enfrenten a los chavales, que desmonten sus delirios, que afeen a otros varones sus actitudes en redes, o en persona, que sean ejemplo, que asuman, ahora que sí importa parte de esa labor que hacemos nosotras. Hablen con ellos; no esperen (a) que nosotras arreglemos esto.